Me quedé de pie mientras hacía la llamada. Al parecer se lo había cogido Nick. Observé cómo se alteraba mientras se llevaba la mano libre a la cabeza y después señalaba al coche. No le gustaron las palabras que oyeron tras el auricular pero se llevó la mano a su cadera y resopló, había aceptado lo que quiera que les estuvieran diciendo. Al final colgó y se acercó a mí.

-Dice que nos quedemos aquí, con todo el sol quemándonos la cara. Dice que ya viene hacia aquí y que no nos preocupemos. Como si se le hubiese roto el coche a él. Estoy seguro que ese estúpido de Nick estaría peor que yo porque se le hubiese roto su querida Amelie. 

Amelie era el nombre que le había dado Nick a su coche. Según él, las cosas con nombre de chicas solo podían traerle alegrías. Nunca llegaría a entender a ese chico, era algo… extraño. 

-¿Tienes otro cigarro?- le pregunté algo nerviosa por la situación.

-Para ti no. 

-¡Venga, Erick! ¡Solo uno más! Para liberar la tensión del momento. 

Sonreí al ver sacar su paquete y ponerme el cigarro en la boca para después encenderlo.  Le di una larga calada, aquello era otra cosa. Estaba más relajada se lo pasé y dejé que él también fumase para que se relajase. 

-Mucho mejor.

Le di la razón con un “ya te lo dije” Esperábamos a un coche verde, un escarabajo antiguo y bastante pequeño para ir a la playa. Oímos el inconfundible sonido de unos pitidos, tres para ser exactos, el tercero se prolongó notablemente. Nos asomamos a la carretera para ver una camioneta de un color amarillo sucio. Fue disminuyendo la velocidad a medida que se acercaba a nosotros. Para cuando estaba a nuestra altura, la camioneta iba a paso de tortuga. En su interior había dos hombres bastante pálidos, grandes y fuertes. Daban bastante miedo y más por la mirada que nos echaron, parecía que nos pretendían matar solo con sus ojos. 

La camioneta se paró delante de nosotros y los tipos se bajaron. Me aferré a la camiseta de Erick y me escondí detrás de él. Sabía que Erick estaba igual de asustado o al menos nervioso pero era su deber protegerme ¿no? 

No sabían qué querían aquellos hombres pero no me gustaba ni un pelo. Se habían parado en frente de  nosotros y nos estaban analizando como si fuésemos dos maniquíes de un escaparate. El silencio se hacía presente roto simplemente por los sonidos típicos del verano. 

-Los tenemos. 10 kilos, todo tuyo. Solo danos la pasta de una vez.

-¿De… qué están hablando?

-Lo que hemos hablado, Zurdo. Nos esperarías aquí con el coche rojo.- dijo señalando con la cabeza el coche que seguía saliendo humo.

-Claro… Claro pero nosotros no… 

-Hablamos de que no habría vuelta atrás. Está hecho. 

Correr                                                                                              Decir la verdad

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