La ciudad

miércoles, 2 de agosto de 2017

La ciudad está tan tranquila. Ni una sola nube cubre el cielo. Este tiene un extraño color anaranjado. El sol se está preparando para dormirse y se está despidiendo del mundo. A mí me sonríe, me acaricia con sus leves rayos y me pide que vaya junto a él. Es muy insistente. Pero ahora no le hago caso.

Sin mis gafas, todas las luces se difuminan y crean perfectas figuras geométricas, es como estar en una feria. Un lugar lleno de colores, de figuras y de risas. Un lugar donde la música está muy alta pero a penas lo notas.

Recuerdo cuando mi madre me llevó por primera vez a un sitio así. Ya era bastante grande. Mi vida era demasiado agitada como para centrarme en esos pequeños caprichos de la vida.

Recuerdo que le tiré de la rebeca y le señalé una de las atracciones. Ella sonrió mientras asentía y yo corrí a hacer cola, como los coches de mi ventana. Hacen cola para llegar a su destino. No sé cuándo he vuelto a la realidad pero parece que mi mundo se mueve.

Veo una extraña ciudad. No reconozco nada pero sé que he paseado por esas calles los últimos meses. Mi cabeza me odia por no saber hacia dónde nos dirigimos. Me muevo en el asiento, incómoda.

Alguien que no identifico está conduciendo y mi madre está sentada a mi lado, me coge de la mano, como si tratase de tranquilizarme, ¿de qué? Ella parece estar más nerviosa que yo. 

Una vez estábamos en un gran acantilado y yo me asomé al precipicio. Mi madre, rápidamente, se acercó y tiró de mí para apartarme del peligro.  Sus manos estaban menos arrugadas y las mías eran un pelín más pequeñas…Las dos éramos más jóvenes entonces.

Lo que realmente me pregunto es cómo he llegado a estar sentada aquí. Siento como… como si estuviera drogada. Una sensación de ir andando por las nubes. Las ruedas del coche deben ser de algodón de azúcar. Seguro que si muerdo la puerta sabe a galleta. No lo intento. No tengo fuerzas. Es extraño, yo soy muy hiperactiva. No puedo tomar café porque si no me pongo a pegar botes y no paro hasta la semana siguiente.

─ ¿Ma…mamá?

Qué extraño. Esa voz no ha sonado a mí. Pero sé que ha salido de mi garganta. La noto un poco seca. Intento carraspear pero solo me sale una tos. Mi madre aprieta más mi mano y yo alzo la cabeza.
Justo en ese momento, pasamos por una farola. El coche se para y mi madre parece que tiene una hermosa aureola. Como los ángeles. Ella es mi ángel. La que siempre ha estado a mi lado. En lo bueno. En lo malo. En lo regular. En lo salado. Y en lo dulce.

¿Qué acabo de pensar? Escucho cómo ella pide que vaya más deprisa, que pise el acelerador al máximo. Nunca ha sido una temeraria. Si antes de que me sacara el carnet me compró un casco por si acaso. “Puedes darte un golpe en la cabeza al entrar al coche”. Preocupada hasta por el más pequeño detalle.

Me paso la mano por mi costado derecho. Escuece por algún extraño motivo. Oh, acabo de encontrar una nube, me gustaría sentarme en ella. Coloco mi mano en la ventana del coche y la arrastro, como si pudiera sentir la suavidad de la nube. Pero espera, el cristal se tiñe de un extraño color. Me miro la palma. ¿Esto es…?

─ ¿Sangre?

Sé que lo pregunto en voz alta porque a mi madre se le cambia la cara. Incluso sin gafas puedo verla. Me acaricia la mejilla y después me tapa la herida. No recuerdo cómo ha acabado ahí.

─ Aguanta cariño, ya estamos cerca.

Mi madre deja escapar una lágrima que mancha mi mejilla cuando ella besa mi frente. Curioso. Muy curioso. ¿Alguna vez alguien se ha preguntado si las gotas que nos salen de los ojos son curativas? Sin dudarlo debe ser eso por lo que mi respiración es mucho más relajada.


La ciudad está tranquila. Tan tranquila que no escucho ni los pitidos, ni las motos a todo gas, ni el griterío. Ni a mi madre. Nada. No hay ni una sola nube que cubra el cielo. Este tiene un extraño color anaranjado. El sol se está preparando para dormirse y se está despidiendo del mundo. A mí me sonríe, me acaricia con sus leves rayos y me pide que vaya junto a él, como tantas veces ha insinuado. Y creo que hoy, por fin, estoy dispuesta a acompañarle. 

2 canciones:

Sofía Alejandra Suaste dijo...

Hola, no sé que me has provocado pero lo tuve que leer dos veces. Es muy hermoso y triste también, muchas gracias.

La letra como alimento

Aura Owen dijo...

¡Hola de nuevo!
La verdad es que tenido que leer este pequeño relato dos veces, y cada una de ellas he hecho una interpretación diferente. Me gusta cómo escribes, me gusta cuando leo algo y cada vez descubro algo diferente.
Lo que sí he sentido en ambas ocasiones ha sido tristeza, al pensar en cómo la vida abandona a esa joven, que parece ya no querer luchar, esta vez quiere dejarse ir, dejarse llevar.
Espero poder verte por UnMundoDeVerdad
Un beso, y nos leemos pronto.

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