Saesenas

miércoles, 24 de febrero de 2016

Siempre supo que su final sería aquel: una bala atravesando su corazón en una muerte tan sin sentido como su vida. 

Abrió los ojos  justo cuando el despertador sonaba. Por un momento, su cuerpo no respondía a las órdenes de su cerebro. Se estaba tan calentito en la cama... ¿Por qué se tenía que marchar de aquel cálido lugar? Ah, sí, el trabajo. Conseguir dinero para comprar cosas bonitas a su novia. Novia que se enfadaba por no dedicarle más tiempo a ella y menos al trabajo. Nada la mantenía contenta pero la nada no podría hacerla nunca feliz. Pero con su collar de perlas nuevo siempre lograba sacarle una sonrisa. 

El café sabía tan amargo como siempre. Era normal, en su empresa no se preocupaban por esos detalles. Escuchó murmullos a sus espaldas y, cuando se giró, sus compañeros callaron al instante ¿Estaban hablando de él? Oh no, genial, otra corbata llena de café. ¡Qué torpe! Y todo por estar mirando a donde no debía. Sus compañeros reían y la secretaria que estaba para toma-pan-y-moja le sonrió con picardía. Esa mirada era más que suficiente para encenderle. No, él tenía novia y nada en el mundo podía cambiarlo. La nada llegaba a ser muy inútil a veces.

Se quitó la corbata mientras el murmullo seguía. Sentía todos las miradas sobre él. ¿Qué le pasaba al mundo aquel día? Resopló. Trabajó. Y leyó aquel papel que cayó "accidentalmente" sobre su mesa: "Reúnete conmigo en el almacén en cinco minutos". Estupendo, otra broma más pero, ¿qué perdía por asistir? Nada y a la nada nunca se le echaba en falta. 

En cinco minutos ya estaba en el almacén.Era un sitio oscuro y con cantidades ilimitadas de escondites. Un aroma familiar inundó sus fosas nasales, lo conocía; era ella. El botón de encendido fue pulsado por las palabras que ella le susurró: "Hemos esperado demasiado. ¿Por qué no acabamos cayendo en la tentación de una vez?" Esa secretaria era demasiado directa. Unos labios le besaron, unas manos les desvistieron, un cuerpo se ofreció a sus caricias. Nada le importaba pero a la nada nunca se le tiene en cuenta.

Ella gritó susurrando en su oído. Ella le pidió más y él se lo dio. Sin remordimientos, disfrutando del momento. Un frío metal rozó su estómago. Se alarmó. Ella le sonrió en la oscuridad. Él se apartó, asustado. Ella le apuntó con la pistola. ¿De dónde la había sacado y cuándo? Ironías de la vida, decides ser infiel y la vida te devuelve la jugada, aún más dolorosa. Él se arrodilló. Pidió una explicación, exigió respuestas. Pero ella seguía sonriendo en la oscuridad. 

No hablaba. Ni una palabra salía de su boca. Él, desnudo de cuerpo y alma como estaba, preguntó una vez más. "¿Qué tienes contra mí?" Ella recargó la pistola y abrió sus labios para al menos darle la satisfacción de conocer una última respuesta: "Nada". 

Aquella palabra tomó un sentido diferente, una importancia inmensa que jamás pensó darle a unas letras tan vacías. Por una vez, la nada no era un cero a la izquierda. 

Siempre supo que su final sería aquel: una bala atravesando su corazón en una muerte tan sin sentido como su vida.  

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