Lo que más me gusta

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Lo que más me gusta es cuando cruzamos el umbral en silencio y cansados después de la velada con amigos. Cuando estamos con ellos, parece que no somos una pareja.

Ella sube los escalones con cautela mientras yo me dedico a cerrar con llave y a apagar las luces. Escucho cómo cierra la puerta del baño. Es imposible no sonreír. Me decido a subir y, en el camino, me deshago de la corbata que ya empieza a asfixiarme. Llego a nuestro cuarto y me quito los incómodos zapatos. Cuando me los puse por la tarde, se sentía como andar en una nube pero ya eran demasiadas horas seguidas sin liberar mis pies…

Ella sale sin decir nada y sin esa máscara de maquillaje en el rostro que cubría todos y cada uno de sus perfectos rasgos. Ella odia que piense así por eso me guardo mis palabras.

Se sienta en la cama y se deshace de sus tacones. Yo me quedo inmóvil por culpa de sus piernas, me vuelven loco. Todo en ella me vuelve loco. Comienza a descender sus medias dejando ver su suave y
brillante piel. Sin que yo se lo pida, se está desnudando.

Como acto reflejo, me quito mi chaqueta y la cuelgo en su sitio. Al volver la vista a ella, ya se ha levantado y ha colocado las medias en su cajón. Trago saliva sin querer. Vamos, ¿acaso soy un muchacho de quince años? ¡Es mi mujer! Ni que fuera la primera vez que la vieses quitándose ese vestido negro. No, no puede ser. Veo por fin su ropa interior. Es perfecta. Su cuerpo fue esculpido por ángeles y ella no lo sabe. Siempre se está quejando: mira qué muslos, mira qué culo… Yo obedezco, para una vez que la puedo mirar sin que me regañe. Pero ella no ve lo que yo veo, ni por asomo.

Tan absorto estaba en mis pensamientos que ella se ha dado cuenta y me mira con esa expresión que indica que quiere saber lo que pasa por mi cabeza y con el vestido aún en las manos. Carraspeo y la ignoro mientras me voy quitando uno a uno los botones de mi camisa y la cuelgo.

─Ha sido divertida la velada.

Ah, qué lista es. Ha empezado a hablarme solo para desviar la conversación al tema que le interesa de verdad. Es que la conozco como la palma de mi mano, no se me escapa ni una. Y, por desgracia, a ella tampoco.

Le contesto de la mejor manera que sé mientras me desabrocho el cinturón. Le comento lo que me ha parecido mejor y lo peor. Pero ella sigue allí de pie, sin buscar el pijama, colgando el vestido con mucha delicadeza. ¿Por qué me sigue tentando? ¿Cuánto tiempo va a durar mi agonía? La miro sin saber muy bien qué intenciones tiene. Aunque haya dicho que la conozca, hay veces que se me escapa de las manos sin yo proponérmelo.

─Estaba deseando llegar a casa─ dice ella con una media sonrisa que oculta tras su sedoso pelo.

─ ¿Qué? ¿Por qué?─ intrigado me tiene. ¿No será nuestro aniversario? No, ni en broma, no se me olvida ni uno… ¿Qué es? ¿Qué es, mujer?

─Lencería nueva. De verdad, los hombres os fijáis muy poco en esas cosas─ está a tan solo unos pasos de mí y yo me quedo sin palabras con las que contraatacar.

Finalmente, le sonrió. Claro que me había fijado. Como si fuese tonto. Lo que pasa es que no le quería decir nada. Quizá solo lo hacía para sentirse guapa consigo misma pero jamás imaginé que lo haría por mí. Sin embargo, no me interesa tanto eso. Ella es guapa al natural, sin ropa sugerente.

─Por favor, es evidente que es nueva─ le susurro incapaz de salir de sus hermosos ojos marrones. Muchos dirán que son feos, que los azules son mejores. Eso es porque no se han mirado en los ojos de mi mujer. Me avergüenza ver mis reflejos en ellos. Son perfectos, no tengo que llegar yo y estropearlos con mi estúpido rostro─.  Sé que, probablemente, haya costado un pastón pero… ¿por qué no te la quitas ya?

─Eres muy lanzado, señor Díaz─ me dice con esa voz que me derrite por dentro─. Realmente me estaba aburriendo en esa cena. Solo podía pensar en ti, en tu pelo, en tus labios… En todo tú y tú parecía que ni me mirabas ni por un segundo.

─En ese tiempo en el que pensabas que no te apreciaba, era cuando te estaba mirando. Es que me tienes encadenado… Si yo también estaba deseando llegar a casa.

─Ya, ya, eso lo dices ahora. Pero seguro que te lo estabas pasando en grande con sus amigos.

 Ruedo los ojos al ver que se gira y le agarro suavemente de la muñeca para que no me dé la espalda. Tan típico de ella. Mostrar enfado cuando, en realidad, solo está jugando. Me costó años averiguarlo pero ya puedo reconocer cuando está o no está enfadada de verdad. Tiro un poco de ella hasta acercarla a mí y rodeo su cintura para evitar que se escape.

─Tonta.

─Tú más.

Y sin decirnos ni una sola palabra más, nos fundimos en un suave beso. Si es que, dirán lo que quieran del amor pero, cuando estoy con ella olvido todo y a todos. Solo existimos nosotros dos en esa habitación que nos parece demasiado pequeña. Si es que, cuando estoy con ella, vuelvo a tener quince años. Vuelvo a la primera vez, a cuando la conocí y, por más tiempo que pase, los nervios nunca se me quitan.

Girl With The Red Balloon

miércoles, 16 de diciembre de 2015


La pareja entró al restaurante. El ambiente estaba cargado. La gente charlaba entre ellos mientras el humo ascendía, intentando encontrar una bocanada de aire limpio. El lugar era acogedor; las paredes empapeladas con un fondo “vintage”. Los muebles de madera oscura. Las luces tenues y amarillas hacían que las sombras se movieran al son de una música inexistente.

Él le señaló una mesa libre y la joven, vestida de blanco, asintió, sonriente y coqueta. Se sentaron en los cómodos sillones adornados de un delicioso rojo. Comentaron la decoración, hicieron bromas sobre algunos de los presentes. Se pasaron un cigarro que se consumía lentamente entre sus labios.

La camarera le hizo una señal a su compañero para que apreciase quién acababa de entrar. Él se encogió de hombros, algo cohibido. La camarera suspiró y se acercó, agarrando fuertemente la pequeña libreta. El mejor vino y el mejor plato de la carta. Como no, lo mejor para aquella joven que traía problemas. Solo pensar en ella, un escalofrío recorría todo su cuerpo.

Se internó en la cocina y le dejó el pedido. Por desgracia o por fortuna, tenía que seguir trabajando y no podía esperar a que la joven desapareciese. Así que salió para ver si alguno de sus clientes deseaba algo más.

Allí seguían. Bebiendo, fumando y riendo. Parecían un único ser. Parecían tan enamorados… Pero la realidad era muy diferente. Él se había dejado engañar por una cara bonita y unos ojos que hipnotizaban. La joven con el vestido de blanco solo estaba jugando. Un juego en el que solo había una única ganadora: ella.

La joven se levantó, pegando un golpe en la mesa. Todo el restaurante siguió con su normalidad pero la camarera lo había presenciado todo. La conversación que mantenían se había vuelto más violenta que antes y ella había explotado, como solía hacer.

could be good for a engagement photo. take the balloons and have them hold hands or something..: Vio cómo la joven salió del local. Se acercó a la ventana para poder apreciarla a través del cristal. Ella, su vestido blanco y un globo rojo. Lo sujetaba con gracia mientras que el aterrador caballero la seguía, desesperado y asustado. Ella le sonrió al verle. Esa sonrisa que no deparaba nada bueno. Sin pensarlo más, soltó el globo.

¡Pobre hombre!  Él corrió. Corrió todo lo que sus piernas se lo permitieron pero el globo iba elevándose más y más en el aire y ya estaba demasiado lejos como para poder alcanzarlo. Él se derrumbó en el suelo, quedando a cuatro patas. Intentaba recuperar el aliento pero lo cierto era que los minutos corrían en su contra.

Dentro del local, un golpe seco y gritos de los comensales, lograron que la camarera se girase para ver lo que sucedía. En aquella mesa, se encontraba el cuerpo sin vida del caballero que había acompañado a la joven vestida de blanco. Un hilo de sangre recorría su boca y manchaba lentamente el mantel. Y sus ojos se habían quedado totalmente abiertos ante el horror de ver a su corazón alejarse de él poco a poco. 

Otra vez. Otra vez había hecho de las suyas. No entendía cómo podía jugar de esa manera con los sentimientos de la gente. No entendía cómo les arrebataba el corazón a sus pretendientes para luego soltarlos y dejar que volasen lejos de ellos. Jugaba con la suerte, con su sonrisa. Encandilaba a los hombres enamorados para que fueran pecadores y, luego, hacerles ver la auténtica realidad.


Pero es que, ¿qué se podía esperar cuando te encontrabas con la joven vestida de blanco? Tan inocente, tan pura. Con cara de ángel y sonrisa de demonio.

When you were asleep

domingo, 6 de diciembre de 2015

La habitación está totalmente oscura. El silencio solo es roto por unas leves notas de piano. Ya hace tiempo que mis ojos se han acostumbrado a la oscuridad. Sé que dijimos que íbamos a dormir pero… no puedo. Me cuesta mucho cuando estás a mi lado. Lo intenté pero con escasos éxitos. Quizá mi mente se alejó de la realidad unos segundos pero poco más. Ahora que estoy despierta, no puedo hacer nada más que mirarte. Porque tú sí que te has entregado a los brazos de Morfeo.

Debo sonreír. Lo siento, es inevitable. Muchos dirán que es raro o que estoy loca pero lo que me apetece es estudiar todas y cada una de tus facciones. Quiero cerrar los ojos y poder recordar este momento tan perfecto.

Si te digo la verdad, casi ni me lo creo. Yo, tumbada en tu cama, con tus brazos rodeándome. Estoy segura de que soy la chica más afortunada de este planeta. Eso o tal vez estoy soñando. Si, deber ser. Esto no es real y yo estoy sola en mi cuarto imaginándome cosas, otra vez. Pero por más que me pellizco, tú sigues ahí. Aprovecharé ahora para pensar en todo lo que me gustaría que supieras.

Puede que ni lo intuyas pero fuiste una luz cuando apareciste. Yo estaba perdida en un mar de oscuridad hasta que me tendiste tu mano. Quizá no lo digo suficiente. Quizá no me expreso en el momento indicado. Pero eso no significa que no lo sienta, que no me preocupe. Te admiro, ¿cómo puedes tener ese valor para aguantarme? No soy fácil lo sé. Muchas veces ni me entiendes pero a pesar de todo, me mantienes a tu lado. Sobre todo cuando ni yo misma sé lo que me ocurre.

Nunca he sentido esto por nadie. Es tan fuerte que asusta. Poco a poco lo voy asimilando y estoy viendo alguna que otra mejoría. Me haces ser mejor, me haces esforzarme para seguir por el camino indicado. Estoy es demasiado cursi aun tratándose de mi pero ¿qué más puedo hacer? En estos instantes no puedo pensar en otra cosa.

Oh… te has movido y tus ojos se están abriendo poco a poco. Me miras y sonríes medio dormido. ¿Te has dado cuenta de que llevo un rato despierta, verdad? No pasa nada, no te preocupes. Me gusta verte así.

─ ¿Qué pasa?─ me dices reprimiendo un bostezo.

─ Nada─ digo mostrándote una media sonrisa.


Perdona por la mentira pero son en estos momento cuando me siento incapaz de expresarte todo lo que pasa por mi mente.

A la chica que bostezó en el pasillo

martes, 1 de diciembre de 2015

Sé que no te conozco. Probablemente ni siquiera tengamos muchos gustos en común pero déjame decirte que tienes el bostezo más bonito que jamás haya visto. Y te lo dice todo un experto. He visto bostezar a mi familia, a mis amigos, a desconocidos y ¡hasta a mi perro! Y ninguno de ellos es comparable al tuyo.

Sí, lo sé, suena ridículo: me he fijado en una chica solo por su manera de bostezar. Pero es que no podía evitarlo. Imagínate que te gusta una persona pero odias cómo bosteza. No se podría vivir así… Tu bostezo solo me hace afirmar que eres hermosa hasta en la cama, cuando estás medio dormida - medio despierta. Tu bostezo ha llamado a mi bostezo y eso solo puede significar que eres contagiosa, mucho. Enganchas a la gente con tu belleza.

Bueno, muchos podrían afirmar que en realidad no eres tan guapa. De hecho, los compañeros que estaban sentado a mi lado me han criticado por fijarme en ti. Por eso se han reído a grandes carcajadas y han provocado que te percatases de nosotros. ¡Qué poco saben ellos! Dijeron que necesitabas más maquillaje, más escote y más arreglo en el pelo. Pero, ¿sabes qué? Están equivocados, todos lo están. Eres guapa hasta cuando tú no te lo crees.  Porque piensas que eres fea, ¿verdad? No, no, no y mil veces no. Eres guapa con tu sudadera, con tu vaquero desgastado, con tu melena casi sin peinar y con tus deportivas blancas. Eres guapa hasta cuando arrugas la nariz de esa forma cuando algo te disgusta.

Sabías que estábamos hablando de ti. Pude intuirlo. No temas, te he defendido a muerte. Quizá no te conozca pero todas las personas necesitan ser defendidas de los prejuicios que tienen los que vemos. La vista es un sentido que lo estropea todo. Juzgan a las personas por cómo se ven y no por cómo son. Tranquila, yo nunca haría eso. Nunca te juzgaría por tu manera de vestir, simplemente porque me encanta. Me encantas sin maquillar Me encantas tal y como eres. No cambies nunca.

Tras darle varias vueltas al asunto, decidí escribirte. No te me ibas de la cabeza. Tú y tu bostezo. ¿Por qué me has hecho esto? ¿Por qué yo? Supe inmediatamente que tenías que saber lo que pasaba por mi mente y que no iba a rebajarme como para buscarte por las estúpidas redes sociales. Simplemente, busqué a esa conocida que se sentó a tu lado y le hablé de ti. Le pedí tu nombre y un gran favor: “entrégale esto de mi parte” le dije “entrégale esto de mi parte y me harás el hombre más feliz del mundo” Y lo hizo. Aceptó aunque esa mueca de disgusto no me gustó ni un pelo.

Y ahora estamos aquí los dos; tú leyendo mi carta y yo observándote mientras que en tu rostro se asoma esa media sonrisa que adoro. (Bueno, quizás estés arrugando tu nariz… Lo siento no preveo el futuro)

Porque me enganché a tu bostezo pero fue mucho más. Me enganché a verte todas las mañanas en el mismo banco, a verte cómo sacabas el móvil y resoplabas al ver que aún no era la hora de entrar a clase. ¡Me enganché hasta de tu nombre!

Quizás puedas parar todo esto que siento con tan solo tirar la carta o quizás puedas hacerme el hombre más feliz del mundo con solo hacer un simple gesto. Porque si lo haces, significará que puede haber un futuro para nosotros. Así que bosteza, bosteza, por favor.