El test de Rorschach

sábado, 19 de julio de 2014

Advertencia: el test de Rorschach (más conocido como el test de las manchitas) no sirve para saber si uno está loco o no (o quizás si, quién sabe) No intenten hacer esto en casa bajo ningún concepto. (Y bajo ningún concepto creáis todo lo que digo... quizás la loca aquí sea yo :D) 

-Vamos, Ann. Mira y dime lo que ves. 
La joven resopló mientras contemplaba el techo blanco de la habitación. Estaba en una sala de estudios o algo similar. Una de las paredes estaba cubierta por completo de estanterías llenas de libros, en otra no había nada solo la puerta de madera, en la tercera montones de títulos y orlas de la universidad y en la última un enorme ventanal que mostraba las vistas desde aquel quinto piso. 

Ella estaba recostada en una tumbona de interior color marrón. Al lado izquierdo estaba sentado el psicólogo con un cartel en sus manos mostrándoselo a la chica que seguía sin querer mirar. 

-Ann, mira- dijo con un tono de voz cansado. 

La joven al fin se giró y miró la mancha de tinta sobre el papel. ¿Y qué quería que dijese? Era una simple mancha, nada más. No había figura alguna. Quizás el loco era él y no ella. Volvió a resoplar y puso sus ojos en blanco. 

-No veo nada. 

-Seguro que sí. Venga, tu me dices lo que ves y yo te diré lo que veo ¿vale? Solo concéntrate. 

Sí, aquello era fácil. Aquel hombre no paraba de atosigarla con cosas semejantes. Y no era que no les gustase, le encantaba estar en su compañía pero cuando sacaba los términos psicológicos la volvía más loca de lo que podía estar. 

-Yo veo...-empezó diciendo mientras entrecerraba los ojos- A dos viejos peleándose. Son medio hombres medio animales y tienen las bocas abiertas, como si lanzasen un rugido para averiguar quién es el más fuerte. Mira, mira, están así. 

Se sentó en la tumbona, se volvió de espaldas a él para girar su cabeza y abrir su boca, lanzando un pequeño gruñido digno de un lobo. Después se rió y volvió a tumbarse. Ahora era el turno de él y esperaba impaciente conocer su respuesta. Él rió ante su demostración y apuntó un par de cosas en su libreta, Ann no pudo llegar a ver el qué. 

-Yo veo... No, no puedo decírtelo- dijo sonriendo y moviendo su cabeza de un lado hacia otro.

-Eres un mentiroso. Nunca te fíes de un psicólogo dijeron, te traicionará y te dirá que estás loca dijeron. 

-¿Quién te lo dijo?- el hombre ladeó su cabeza y la miró esperando una respuesta. El bolígrafo estaba en su mano dispuesto a escribir sobre su libreta lo que ella dijese. 

-Es... es solo una broma.- el hombre alzó una ceja levemente divertido y ella rió- Entiendo, estabas bromeando también. Muy gracioso, Alex. 

-Para ti, señor Brandon.

-Venga ya. Llevamos no-sé-cuántas sesiones, estoy en mi derecho de llamarte como me plazca. Sabes todos, o casi todos, mis secretos.  Alguna ventaja debo sacar yo ¿no? 

-¿Qué no sé de ti, Ann?- el hombre se puso serio, como si el ocultarle algo fuese un auténtico delito-Debes contarme lo que sea, todo a ser posible. 

-Hay algo que no sabes y que no te lo voy a contar. No por ahora.

-Ann, es tu deber como paciente contarme todo lo que te ronda por esa cabecita demente-le gustaba hacer bromas sobre locos, siempre que podía soltaba algo como aquello. Ann ya se había acostumbrado, incluso le hacían gracia algunas.

-Es algo malo... -él insistió en que debía saberlo y ella resopló dispuesta a contarle solo parte de la verdad- Me he enamorado de alguien.

-¿Y por qué eso es algo malo?- preguntó sin entenderla- ¿A caso él no siente lo mismo por ti?

-No lo sé- dijo moviendo su cabeza negativamente mientras volvía a contemplar el techo- Supongo que piensa que estoy loca, además de que me verá como una amiga o incluso algo menos.

-¿Y quién es? ¿Quién pensaría que el hecho de que estés loca sea algo malo?- Alex levantó una de sus cejas y apoyó su pierna izquierda sobre su muslo derecho.

-No pienso decírtelo. Pero la verdad es que no sé qué piensa de mi realmente.

-¿Te cuento algo, Ann?- ella le miró y asintió enérgicamente. Alex no solía hablar de él, de su vida- A mi también me gusta alguien. Es una chica increíble... pero no cree que ella sea lo suficientemente buena para nadie. Se aparta de los demás y finge que le falta un tornillo cuando en realidad lo que ocurre es que es demasiado inteligente para este mundo. Los demás no la entienden pero yo sí. Ella es, por decirlo de alguna manera, mi psicóloga. Me enseña cosas que no hubiese aprendido con nadie más.

A Ann se le encogió el corazón al escuchar sus palabras. ¿Quién sería esa chica que parecía admirar tanto? ¿Y por qué sentía tanta envidia por ella si ni siquiera la conocía? Bueno, a esa última pregunta conocía su respuesta. Era de él de quien estaba hablando con anterioridad. Le gustaba su psicólogo y no como un hombre profesional sino como un amigo, incluso como una pareja. Él parecía no verlo. Sabía que no se podía juntar el trabajo con las relaciones afectivas pero él hablaba todos los días con muchas personas que le contaban sus problemas y, quisiese o no, les cogía cariño.

-¿Es guapa? La chica de la que hablas ¿es guapa?

-No, es más que guapa.

-¿Y es... mejor que yo?

Alex se quedó sin palabras ante semejante pregunta. Se quedó contemplando a la joven sin saber qué contestar. ¿Podría ser que ella...? Imposible. La mayoría de la gente odiaba ir al psicólogo y ella no era menos.

-¿No respondes?

La joven se sentó en un solo movimiento. Se quedó mirándole, desafiándole a que contestara pero no lo hacía. No lo haría. La joven se levantó y apoyó ambas manos sobre el escritorio. Intentaba controlar su respiración, contar hasta diez y relajarse pero no podía. Volvió a contar pero eso no servía, nunca la tranquilizaba. Con un grito, pasó sus brazos por encima del escritorio, tirando todo los papeles y porta-lápices que había encima de este. Después agarró uno de los bordes de la mesa y la levantó, haciendo que cayese hacia atrás de un fuerte golpe.

Alex no sabía qué hacer, estaba perplejo. Lo mejor era esperar a ver si se le pasaba el enfado, había estado en situaciones parecidas: pacientes que se mosqueaban y lo pagaban con las cosas que veía a su alrededor. Pero Ann parecía no calmarse, se dirigió hacia los títulos y las orlas colgadas y los fue tirando uno a uno.

-Ann, para, por favor.- al escuchar su voz, la joven hizo lo que se le pedía. Se giró para contemplarle y le mostró media sonrisa que ni de lejos indicaba felicidad.

-Está bien. Quédese con esa chica tan perfecta. Nadie puede querer a alguien como yo.

La joven cogió su bolso y se marchó sin que Alex pudiese hacer nada, cerrándole la puerta en sus narices. Él miró a su alrededor, contemplando el desastre que la chica le había dejado como regalo. Se acercó hasta su sillón  y se dejó caer agotado.

-Me he enamorado de una loca.

Y no era solo eso. Alex sabía que él se encontraba en un estado mental igual, o incluso peor, que ella. Escuchaba los problemas de muchas personas y aquello le pasaba factura. A veces creía que él tenía esas mismas preocupaciones pero en realidad no era así. El hecho de haberse enamorado de la dulce Ann traía consecuencias demasiado peligrosas; ella era menor de edad y la superaba en todos los ámbitos, al menos él lo sentía de esa manera. Ella lo sobrepasaba y creía que no sería capaz de manejarlo. Manejar su pasión y su amor hacia ella. La relación acabaría desastrosamente...

Quizás era la propia Ann la que se había enamorado de un loco.

1 canciones:

Ailin Galante dijo...

Aww, esto me hace replantearme mucho lo que entiendo por locura. Esto me hace entender la expresión ''loco de amor''
Y todo lo que se pierden por no confesarselo!
Por cierto: yo en el test de las manchitas vi lo mismo que Ann cuando lei la parte en la que dijo lo que veía me quede o.o ¿Estoy loca?

Publicar un comentario

Deja tu comentario. Será todo un placer ver tu opinión y lograrás sacarme una sonrisa. Pero recuerda, siempre con respeto por todos incluyéndome a mí, si quieres hacer alguna critica, adelante pero siempre con educación :)