Rojo escarlata

sábado, 22 de febrero de 2014

Recorría las oscuras calles con las manos metidas en los bolsillos. Era una noche fría y su aliento se mezclaba con el aire formando una capa blanca que rápidamente desaparecía al alcanzar cierta altura.

La luna brillaba en el cielo y su tenue luz incitaba a hacer cosas que a los ojos del sol no estarían tan bien vistas. Pero la noche era así, y él se sentía más cómodo rondando los solitarios callejones, sabiendo que tenía una ventaja que su presa no poseía: era capaz de moverse sigilosamente y además intuía las sombras que lograba distinguir una vez que su vista se hubiese acostumbrado a tanta oscuridad.

Su alma pedía a gritos ser liberada aquella noche, su sed de sangre era cada vez más fuerte y el corazón corría a mil kilómetros por hora al saber que sus más oscuros deseos se verían pronto cumplidos.

En cada rincón veía a una presa fácil, pero él no quería eso. Le interesaba el peligro, le gustaba que su presa se retorciese entre sus garras tratando de huir pero sabiendo que no lograría escapar por mucho empeño que pusiera, por mucho que gritase y pidiese auxilio jamás se libraría de un destino tan atroz.

Tras semanas de observar con detenimiento cada uno de los movimientos de su víctima, elegida meticulosamente, después de asustarla con llamadas extrañas y cartas realmente perturbadoras, se disponía esa misma noche a atacar ¡y cuanto lo deseaba! Aquella chica tenía algo especial y no podía esperar ni un segundo más a tenerla bajo su control, desesperarla tanto que le suplicase piedad, que le propusiese cualquier alocado pacto para poder salir ilesa.  

Por fin la divisó, allí estaba ella, caminando a paso ligero con su gabardina marrón y unos tacones a juego, con un bolso grande y un pintalabios rojo que resaltaba más que sus ojos azules.  Pasó a su lado y ella ni siquiera se percató de él, había aprendido algo después de tantos años encerrada en una ciudad y era que no podía mantener contacto visual con cualquiera, nunca sabía que pensamientos oscuros pasaban por la cabeza de las personas y era mejor no darles motivos para que se acercasen.

Su casa quedaba a solo tres manzanas de allí pero si tiraba por aquel callejón podía recortar camino y llegar antes a su amado hogar. Pero no sabía que las prisas nunca son buenas y que más vale un camino seguro antes que uno desconocido y peligroso.

Nada más girar para adentrarse en el largo callejón, oyó los pasos que aceleraban cada vez que ella lo hacía, no se atrevió a mirar a atrás y  siguió su camino pensando que quizás no había sido una buena idea elegir la vía rápida.

Logró alcanzarla y acorralarla en la pared, haciendo que su bolso volase hacia un lado. Agarró su garganta y la apretó mientras le sonreía con malicia. El grito de la muchacha se apagó al comprobar que debía guardar el aire para respirar y no podía desperdiciarlo tan rápidamente. Se retorció entre las manos de aquel hombre, comenzó a arañar sus manos tratando de que la soltase, intentó proporcionarle una patada pero era imposible moverse ya que su cuerpo estaba aprisionado por el suyo contra la pared.

Él la soltó lentamente pero no se separó de ella mientras cogía un cuchillo y lo pasaba por sus mejillas sonrojadas sin articular palabra, eso sobraba y era una pérdida de tiempo, las acciones ya hablaban por sí sola.

La mejilla de la chica comenzó a sangrar tras el corte y él observó aquel rojo escarlata que tanto le gustaba.

-¡Suélteme!- logró decir ella entre llantos tras haber gritado de dolor por el corte superficial de su mejilla.

-Nunca

Fue la única palabra que ella oyó salir de los labios del hombre. Sabía que no tendría posibilidad de salir de allí, no sabía defenderse y estaba demasiado asustada como para que su cabeza, normalmente fría y calculadora, pudiese pensar en algún plan de fuga.
El hombre probó el rojo escarlata que salía de la fina piel de la joven y realizó más cortes que dieron a más sangre. Sus manos se manchaban pero no le importaba, era una sensación agradable como para acabar ahí. La joven suplicaba, peleaba incluso en más de una ocasión logró arañarle la cara que en vez de dolor le proporcionaban placer.


-Haré lo que me pida pero no me mate- suplicó la joven, a la que le faltaban fuerzas para seguir luchando.
El hombre esbozó una sonrisa y se alejó un poco de la chica, dándole el espacio suficiente para que pudiese escapar y, sin pensarlo dos veces, ella comenzó a correr como nunca lo había hecho creyéndose salvada de un autentico horror. Pero las piernas le temblaban y acabaron por fallarle provocando que cayese al suelo totalmente destrozada.


Una sombra se acercó a ella y la obligó a que se girase para que viese por última vez la cara de su asesino que, sin ningún motivo aparente, la había elegido a ella. Trató de suplicar esperando que al hombre se le ablandase el corazón. Pero no lo hizo y ella cerró los ojos mientras notaba el frío metal paseando profundamente por su garganta. 

1 canciones:

Amistad Secreto dijo...

U.u. Me han entrado escalofríos con este relato. Pobrecita... La verdad es que pensé que iba a escapar al final, pero no ha podido ser...
Me ha gustado mucho, además ha sido diferente y eso me gusta :)
Besitos:)

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