Los hombre no lloran

miércoles, 3 de julio de 2013

Él cerró la puerta de su casa, se apoyó en ella y dejo que  las lágrimas cayeran fugazmente por su cara, una detrás de otra. Se puso la mano en el pecho, apenas sentía su corazón que estaba dolorido, sin cura alguna para el resto de su eternidad.

"Los hombres no lloran, eso es de cobardes". Las palabras de su padre no paraban de molestarles cada vez que hacía algo que probablemente le desagradara.

Pero él ya no estaba allí para decirle lo que tenía que hacer o no. Si quería llorar lo haría y en ese momento deseaba hacerlo.

Se dejó resbalar por la puerta hasta sentarse en el suelo, agarró sus rodillas y se quedó allí un rato más, tenía todo el tiempo del mundo.


-Rubén- una voz femenina sonó en la puerta. Él la ignoró por completo y siguió allí sentado.

Pegaron incesantemente en la puerta y él siguió ignorando que alguien esperaba al otro lado a que abrieran y poder hablar frente a frente.

La muchacha volvió a llamarlo, esta vez con una nota de suplica en su voz. Quería verlo y explicarle todo, pero si él seguía siendo tan cabezón no podría hacerlo. Se sentó en el suelo esperando a que él reaccionara.

-Lárgate- oyó su voz dolorida, fría y lejana por culpa de la puerta que los separaban.

-Por favor, abre.

 El joven no respondió, no quería verla y menos a ella.

-Bueno pues si no me abres me tendrás que escuchar.

Él levantó la mirada hacia el salón de su casa y esperó a que ella continuara, si no soportaba escuchar lo que la joven tenía que decirle siempre podía dejarla allí hablando sola.

-Lo que has visto… no… yo… no quería que pasara así, lo juro. Pero él vino a mi casa y yo, como estúpida que soy, le dejé pasar. Me engatusó con sus palabras de amor eterno y bueno… ya sabes el resto.

Sí, sabía el resto. Él, que se había puesto el mejor esmoquin de su armario, que había preparado una noche mágica para los dos, estaba allí sentado con el corazón roto otra vez y ella que le había engañado con otro mucho más guapo que él, volvía a su casa de rodillas pidiéndole perdón una vez más.

Se levantó del frío suelo de su salón y abrió la puerta, ella cayó hacia atrás y se quedó mirando al joven alto y no tan atractivo como otros que lo miraba con un semblante demasiado serio.

Su pelo rojo caía por el suelo como un río de sangre puro y brillante, era perfecto. Sus ojos verdes y grandes brillaban con una luz que solo ella sabía poner en su mirada y que podía quitar cuando quisiera. Sacudió su cabeza para apartar cualquier tentación.

-Vete… No quiero volver a verte nunca más ¿entendiste?- ella permaneció callada- La primera vez te lo deje pasar pero esta… me supera. No estamos hechos el uno para el otro, no eres mi princesa ni yo soy tu príncipe, como muchas veces me dijiste en el sofá de tu casa. Dudo que ni siquiera te importe, seguro que solo soy un partido seguro al que puedes burlar cuando te de la real gana. Hemos terminado y no escucharé más súplicas ni lloros… ya me los sé de memoria.

Ella se levantó corriendo y se puso en frente suya. Le acarició la mejilla y le sonrió tristemente. Sabía cómo recuperarle, solo necesitaba unos segundos más.

Se acercó a él y le besó apasionadamente. Como era de esperar, él reaccionó y la rodeo con sus brazos poniendo toda su pasión en aquel beso. Ella comenzó a desabrocharle la corbata y con el pie cerró la puerta. Él se separó y la empujó suavemente hasta tenerla a una distancia prudente. Se acercó a la puerta y la abrió.

-Vete…- ella dudo, quería seguir con aquel juego, quería tenerlo para ella- Vete o te echo yo.

La muchacha sonrió y se dirigió a la puerta mientras contorneaba sus caderas hacia un lado y hacia otro. Llegó a la altura de él y pasó de largo mientras le acariciaba la barbilla por última vez. No se volvió ni un segundo y siguió su recorrido bajando, de una manera que a cualquier hombre le hubiera vuelto loco, las escaleras.

Él cerró la puerta a sus espaldas y volvió a sentarse en el frío suelo. Comenzó a llorar, esta vez sin importarle las palabras de su padre que seguían resonando en su cabeza.

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