El que salvó mi alma

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Bajó las alas dejando que tocasen el suelo, que arrastrasen por él a la par que sus pies iban hacia delante. Hacía tiempo que habían perdido su color verdadero. Hacía tiempo que ya no era blanco puro. Se habían manchado con el paso de los meses. Ahora era blanco sucio. Sucio. Como su alma. ¿Había dejado de ser lo que era?

De todas formas, nadie podría verlas. Nadie veía el esplendor de sus hermosas alas porque él no lo permitía. A los ojos de los demás, solo era un simple humano. Un humano cubierto de sangre.

Notaba cómo el líquido caía de su nariz y de su labio, bajando lentamente. Sentía un fuerte dolor en su pómulo izquierdo y en su ojo derecho así como en las costillas y en una de sus piernas. Seguro que su aspecto era patético.

Podía percibir cómo los demás se apartaban a su paso, temiendo que fuese alguien malo. Un ser que había salido del inframundo para robarles, secuestrarles o matarles. Estaban demasiado lejos de la realidad.

¿Cómo había acabado allí? ¿Cómo había dejado que la humanidad lo convirtiera en… eso? Él había sido el ser más perfecto de su raza. Él había estado en lo más alto y ahora, ahora estaba en lo más bajo.

Hizo una mueca al notar cómo alguien pisaba sus alas sin darse cuenta. Dolían. Desde hacía unos cuantos días, estaba sintiendo su peso, como si fuesen unas cadenas que no le dejasen respirar. Era absurdo. Sus alas nunca le habían pesado como ahora. Habían sido ligeras, perfectas. Lo único que deseaba era que se las arrancasen. Dolería mucho pero no veía otra solución diferente.

Y todo había empezado por el único defecto que le caracterizaba: la curiosidad. Él había observado a los humanos desde lo alto. Quería conocer qué pasaban por sus cabezas para iniciar una guerra o para regalar un beso… Quería saberlo y, sobre todo, quería sentirlo.

Alguien como tú no sobreviviría ni dos días”. Uno de sus hermanos había sido tremendamente claro con el tema. Todos se negaron cuando les comentó la idea. Él quería bajar, ver lo que habían creado con sus propias manos y sin ayuda de un ser superior.

Quizá tenían razón. Quizá nunca lo entendería. Él no estaba hecho para ese mundo. Él solo era un “pringado”, alguien que no servía ni para freír patatas en ese sitio de comida rápida. Entonces, ¿por qué seguía allí? ¿Por qué seguía peleando, protegiendo a los humanos de males que ni ellos mismos podrían imaginar? ¿Por qué seguía cubriéndose de sangre día tras día?

A lo lejos vio el restaurante, ese había sido el primer sitio que había visitado al bajar a la Tierra. Suspiró y miró un reloj digital.

Las doce y media. Trece grados. Exposición de autor “Chobasqui” del tres al seis de febrero en el museo de arte contemporáneo. Doce y media”. Fue lo que leyó. Aún era temprano.

Se pasó la manga del abrigo por la cara, intentando limpiar su propio desastre. Pudo ver su reflejo en la ventana de un autobús. Había sido cruel. Había sido egoísta. Estaba empezando a no encontrar el sentido de su viaje ni siquiera de su existencia. Él no era nadie. Él era solo un alma que se había tomado prestado el cuerpo de alguien a quien desconocía. No sabía qué había sido en vida pero había averiguado que no tenía familia ni amigos que lo echasen de menos. Realmente, solo le había hecho un favor.

Cruzó la calle y se acercó con lentitud al restaurante. No sabía por qué las manos le sudaban ni por qué tenía una opresión en el pecho. No lograba entenderlo.

Entró. El restaurante estaba lleno. Se notaba que no era uno de lujo pero tampoco terminaba de ser una auténtica pocilga. Estaba limpio… más o menos. Entonces le vio. Estaba de espaldas a la puerta, con la vista agachada y contemplando la carta. Seguro que no sabía qué quería comer.

Se acercó, a paso lento, como si temiera molestarle. Se sentó enfrente de él, cerrando los ojos y descansando por unos segundos. 

─ Hace tiempo que no sabíamos nada de ti…─dejó la carta sobre la mesa y cruzó los brazos─ ¿Pero qué mierda te ha pasado? ─ parecía preocupado. Realmente preocupado.

─ Esto es un día normal para mí─ le respondió, intentando quitarle importancia.

Abrió los ojos para mirarle. Pudo ver cómo su pelo rubio ceniza estaba un tanto revuelto por el viento de la calle. Su camisa de cuadros rojos y negros se le ajustaba a los brazos y la barba le había crecido un poco desde la última vez que lo había visto. Se sentó como la sociedad humana había decidido que era correcto y se enfrentó a sus ojos esmeraldas que le interrogaban duramente.

El ángel empezaba a comprender que lo que había pensado con anterioridad no era del todo cierto. La humanidad no estaba del todo perdida y aún necesitaba ser salvada. Aunque él no fuese el indicado para ello, lucharía con todas sus fuerzas para defenderla.

─ ¿Estás bien?─ le volvió a preguntar, esperando una respuesta que le satisficiese.

─ Ahora sí─ le dijo y, por primera vez en lo que llevaba de semana, sonrió de verdad.

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Créditos imagen: Celia Ruíz García