Come little children

domingo, 18 de septiembre de 2016



El pasillo estaba completamente a oscuras. Solamente las luces de los relámpagos iluminaban los objetos y lograba dotarles de unas sombras realmente siniestras.  

Sin embargo, a pesar del horrible viento y la lluvia que golpeaba la ventana, la pequeña niña estaba de pie, al final del pasillo. Su camisón blanco le llegaba a las rodillas, iba descalza y agarrada de la mano de su osito de peluche el cual estaba tocando el suelo con su panza y su cara.

Evelyn. Evelyn, querida. Ven a jugar

El susurro procedía de las sombras y la pequeña sonrió. Aun así, no se atrevía a dar un paso, no todavía. Contempló su habitación de color amarillo. Era tan luminosa… Su cama parecía tan calentita. ¿Por qué no volver a lo conocido? Pero ella quería jugar. Sus padres insistían siempre que si permanecía despierta hasta tarde, las brujas se la llevarían para cocinarla.

Evelyn” esta vez el susurro era más cantarín que antes y la niña se decidió por fin a dar un único paso. “Te estamos esperando. Ven a jugar con nosotras. Será divertido

Las risas inundaron el pasillo. Risas alegres, simpáticas. Al menos eso era lo que la niña escuchaba. Cualquier adulto se hubiera echado a temblar con aquellas voces. Pero los adultos no podían escucharlas. Los adultos siempre habían ignorado a las sombras…

Así es cariño, te estamos esperando fuera.”

La niña seguía su camino por el pasillo. Llegó al inicio de la escalera y, con la mano apoyándose en la barandilla, comenzó a descender lentamente mientras sonreía de oreja a oreja. Su querido peluche parecía resistirse a acompañarle, parecía que estaba siendo llevado a la fuerza.

¡Evelyn! ¡Evelyn! Estamos en el parque. Ven a jugar con nosotras

Pero la pequeña estaba a salvo. La puerta de salida estaba echada con llave y con pestillo. La niña no sabría abrirlo. Sin embargo, lo intentó. Dio pequeños saltitos, queriendo tocar la cerradura pero era totalmente imposible.

No puedo salir” protestó la niña, cruzándose de brazos.

Evelyn. Evelyn, te estamos esperando. No tardes más.”

La llave comenzó a moverse. Giró tres veces sobre sí misma y, finalmente, acabó cayendo sobre la alfombra. El pestillo chirriaba; se movía arriba y abajo, una y otra vez, hasta que estuvo descorrido del todo. La puerta se abrió lentamente y la pequeña sonrió una vez más.

Ella salió, dejando que sus pies descalzos tocasen el pavimento mojado. El osito de peluche acabó empapado al igual que el pelo de la niña y su bonito camisón blanco que se pegaban a su cara y a su cuerpo. Pero a ella no le importaba. Sonreía al ver el parque de enfrente de su casa, solo tenía que cruzar la calle, nada más.

Ven a jugar” los columpios se balanceaban, el balancín se movía de un lado a otro y el sonido de alguien deslizándose por el tobogán era bastante claro a pesar de la tormenta. La niña sonrió, aplaudiendo con sus manos pero sin atreverse a soltar a su osito de peluche.

Las voces seguían llamándola y la niña dio un paso hacia la carretera para cruzarla, después dio otro paso y otro, otro, otro y…

Las sombras rieron estrepitosamente acallando aquel sonido repugnante por unos segundos. Ahora ya no había voces, ni risas, ni juegos. El parque parecía estar totalmente en silencio y solo se podía apreciar el sonido de la lluvia precipitándose contra un pequeño cuerpo blanco.